EL OCASO DE LOS IDOLOS PDF

El origen de la tragedia. Es preciso extender la mano y palpar esta sorprendente finesse: el valor de la vida no puede ser apreciado. No puede ser apreciado por nosotros, vivientes, porque un vivo es parte en la causa, objeto de disputa y no juez. Y los muertos tampoco juzgan, ya se sabe.

Author:Arashizuru Akijar
Country:Honduras
Language:English (Spanish)
Genre:Life
Published (Last):6 September 2007
Pages:294
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ISBN:214-1-81497-158-3
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Son las tres Nornas - Urd , Verdandi y Skuld - congregadas junto a la roca de Brunilda, tejiendo la cuerda del destino.

Se dedican a explicar lo que pasa y predicen el futuro. La primera Norna, Urd, el pasado, es una contralto. La segunda Norna, Verdandi, el presente, es una mezzosoprano. La tercera Norna, Skuld, el futuro, es una soprano. Brunilda despide a Sigfrido, por Arthur Rackham. Se escucha en palpitantes acordes el leitmotiv del poder de los dioses. La norna del pasado no acierta a ver en lo que fue, la del presente advierte que las asperezas de la piedra muerden su labor, el tejido se enreda.

Al amanecer, Sigfrido y Brunilda salen de su cueva. Ella, en cambio, le ha dado sus armas de valkiria y su corcel Grane. Vestido con la coraza de Brunilda y montando el caballo, Sigfrido se aleja. Cuando parte, a lo lejos se oye el eco de su cuerno de caza. En el cuadro primero, el acto comienza en el palacio de los Guibichungos, una estirpe que habita a orillas del Rin.

Gunther, Gutrune y Hagen son hijos de la misma madre pero de diferente padre. Mientras que los dos primeros son hijos del rey Gibich, Hagen es hijo de Alberich el nibelungo. La orquesta toca el leitmotiv de los guibichungos y las caracterizaciones instrumentales de Hagen, Gunther y Gutrune.

Entonces Gunther le da una cordial bienvenida. Aparece Gutrune en escena para saludar a Sigfrido y ofrecerle una bebida de hospitalidad. Gutrune le hace beber el filtro de amor. Sigfrido queda inmediatamente prendado de la bella Gutrune y le pide a Gunther que se la conceda por esposa.

Los dos amigos celebran un pacto de alianza, pronunciando su juramento de fidelidad, a la usanza de los antiguos germanos. Ambos se juramentan como hermanos de sangre. Hagen llena de vino un cuerno y los dos guerreros se hacen con sus espadas cortes en los brazos dejando caer la sangre en el vino que toman. Sigfrido sale hacia la roca de Brunilda. Se escucha el leitmotiv de la renuncia al amor. Brunilda besando el anillo que le dio Sigfrido, por Arthur Rackham.

En el cuadro segundo estamos nuevamente en la roca de las valkirias. Besa el anillo. Espera impaciente el regreso de Sigfrido. Las valquirias permanecen suplicantes a sus pies, pero el dios, indiferente, ni las mira. Waltraute tratando de convencer a Brunilda de devolver el anillo que le dio Sigfrido, por Arthur Rackham.

Pero Brunilda se niega a deshacerse de la prenda de amor de Sigfrido. Para ella el anillo es el testimonio del amor de su amante y responde que, aunque perezcan los dioses, ella no piensa entregar su anillo. Llega Sigfrido, que ha tomado la apariencia de Gunther usando el Tarnhelm, y reclama a Brunilda como esposa. Ella no lo reconoce y retrocede horrorizada ante la presencia de un desconocido.

En ese momento se escucha el leitmotiv del honor, derivado del leitmotiv original de la espada. Estamos nuevamente en el palacio de los guibichungos. El cuadro respira la grandeza ruda y primitiva de los antiguos germanos.

Es de noche. Ante la insistencia de Alberich, Hagen jura hacerse con el anillo. Dejan solo a Hagen, quien convoca a los guibichungos para dar la bienvenida a Gunther y su prometida.

Hagen llama a los guerreros y vasallos para que se apresten a recibir al rey. Trompas internas con reiterados llamados y la grandiosa presencia de los guerreros conforman un episodio de imponente solemnidad. Gunther llega con una desolada Brunilda. Los vasallos los aclaman mientras el rey avanza llevando de la mano a la novia, con aspecto triste y sin levantar la vista del suelo. Sigfrido y Gutrune salen a su encuentro. En ese instante Brunilda alza los ojos y se queda estupefacta al divisar a Sigfrido entre los presentes.

Queda horrorizada y llena de estupor al ver a su Sigfrido. Al ver el anillo en la mano de Sigfrido, concluye que ha sido traicionada. Brunilda, despechada, declara ante todos que Sigfrido ha sido su amante. Hagen convence a Brunilda de traicionar a Sigfrido, por Arthur Rackham. Sigfrido, abrazando a Gutrune, penetra en el palacio seguido de las mujeres y de los guerreros, entre los brillantes sones de las bodas. Brunilda, Gunther y Hagen se quedan solos.

Hagen les sugiere a los otros dos traicionar a Sigfrido. Los tres deciden confabularse para asesinar a Sigfrido. En cambio Gunther y Brunilda juran en nombre de Wotan, el soberano de los dioses, dios de la guerra. Hagen y Gunther deciden llevar a Sigfrido de caza y asesinarlo. El sonido lejano de un cuerno les anuncia que se aproxima un cazador. Sigfrido desprecia el peligro, no tiene nada que temer.

Los cazadores, que buscaban a Sigfrido por el bosque, le llaman a gritos y Hagen hace resonar su cuerno, al que Sigfrido responde con su toque de caza. Mientras descansan, narra las aventuras de su juventud. Este fue el premio a su valor. Son los cuervos de Wotan. Los otros cazadores quedan horrorizados mientras Hagen, con calma se aleja dentro del bosque. Los hombres rodean compasivamente al moribundo. Se escucha el leitmotiv del despertar de Brunilda mientras Sigfrido canta a la novia divina.

Le pide a Brunilda que despierte y abra sus ojos. Sigfrido fallece mientras cae la noche, pues cada vez que desaparece Sigfrido desaparece la luz del sol. Se escuchan al mismo tiempo todos los leitmotiven que durante cuatro jornadas se relacionaron con la vida de Sigfrido. En el cuadro segundo estamos de nuevo en el palacio de los Guibichungos, Gutrune espera el regreso de Sigfrido.

Gutrune, desesperada, se precipita sobre los restos mortales de su esposo. Gunther intenta consolarla, pero ella le acusa de haber dado muerte a Sigfrido.

Cuando Gunther lo rechaza, Hagen lo ataca y asesina. Gutrune grita con horror al caer Gunther. Todos permanecen paralizados por el terror.

Todos retroceden despavoridos, al tiempo que de la orquesta surge el leitmotiv de la espada victoriosa de Sigfrido. En ese momento aparece Brunilda, lenta y majestuosamente, aludiendo a su pasado de valquiria.

Ahora comprende claramente lo sucedido. Gutrune, sollozando, maldice a Hagen. Llena de pesadumbre se deja caer sobre el cuerpo de Gunther. Brunilda cumple la voluntad de Wotan, no aquella voluntad primera de la conquista heroica del universo, sino su voluntad de aniquilar toda voluntad.

Ella desea extinguirse en el fuego con el anillo puesto como alianza de bodas. Les ordena que pasen junto a su roca. Invoca a Loge, el dios del fuego, para que las llamas, que han de consumir el cuerpo de Sigfrido y el de ella misma, asciendan al Walhalla. Ella misma prende fuego a la pira. Ahora la pira arde en llamas. Se escucha el leitmotiv de Loge. El poder ha sido disuelto para mayor gloria del amor. Brunilda monta su caballo Grane y cabalga en el fuego. Hagen desaparece entre las aguas.

Las doncellas del Rin huyen nadando, llevando el anillo en triunfo. El palacio de los Guibichungos se colapsa. A medida que las llamas crecen en intensidad, el Walhalla empieza a verse en el cielo.

Todo el Walhalla es una gigantesca antorcha. En escena vemos a Wotan, en lo alto, mudo. A lo lejos parece incendiarse el cielo. Brillantes llamas parecen alcanzar el palacio de los dioses, en el que pueden verse estos, que desaparecen poco a poco de la vista. Arde el Walhalla y perecen los dioses. Los dioses han corrompido el mundo desde el principio y perecen por su propia voluntad de poder.

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